
La perspectiva cultural reaccionaria contra la función pública
¿Ya lo podemos decir? casi, el neoliberalismo agoniza, se está cayendo. El filósofo José Luis Villacañas en su obra ‘Neoliberalismo como teología política’ (2020) nos advierte que el neoliberalismo no es sólo una racionalidad que ha estructurado el mundo en las últimas cinco décadas, sino que es también una teología política que nos prometía un bienestar civilizatorio si nos adheríamos a las leyes del mercado y al consumismo individualista. Actualmente y a la luz de la realidad parece que esta promesa salvífica ya se muestra insuficiente, prueba de ello son el desmesurado crecimiento de perspectivas iliberales y reaccionarias que intentan ocupar, o transformar la hegemonía anterior.
Esta decadencia lleva ocurriendo desde la crisis del 2008 y ya claramente a partir del Covid. La novedad de esta decadencia es el aceleramiento de los proyectos reaccionarios a nivel global, la nueva fase política, social y cultural viene recientemente potenciada a partir de la segunda victoria de Trump, y este desarrollo puede ser capaz de incrementar definitivamente un cambio mediante el cual dejemos atrás varias concepciones políticas, sociales y culturales que fueron la base de las democracias occidentales. La temática es muy amplia y variada, humildemente en este artículo nos vamos a ocupar de aspectos restringidos a la función pública.
EL CAMBIO EN LA CULTURA FUNCIONARIAL
Las instituciones sociales propias de un Estado no funcionan mecánicamente, están compuestas por individuos que además de guiarse por un corpus legislativo, se guían también por valores colectivos. Los anteriores valores neoliberales ya se muestran insuficientes, por lo tanto se les debe añadir nuevos valores de tipo reaccionario, todo esto junto conforma un “pastiche” ideológico-cultural que trata de hacerse hegemónico. El cómo se puede observar a simple vista solo hace falta abrir un diario, un perfil de X, un programa de TV….la nueva verdad se te “mostrará”.
Volvamos un poco atrás para explicar esto, el sociólogo alemán Max Weber en su canónico estudio de las instituciones estatales ya centraba la virtud de estas en su eficiencia y planificación. Así pues, los componentes de las instituciones a saber el funcionariado, tendrán como valores propios fundamentales la integridad, la eficiencia y la pericia técnica. El diagnóstico weberiano era certero, pero muy centrado en el capitalismo de su época e incapaz de registrar las nuevas transformaciones.
¿Cuáles son estas?, evidentemente varias, pero las fundamental es la “lógica del sacrificio”. La nueva tipología de funcionario debe de seguir siendo eficiente, técnico e integro, pero además, y esta es la novedad, debe de ser sacrificado.
LA “LÓGICA DEL SACRIFICIO”
La ola reaccionaria no ha llegado igual en todo los países, la estructura ideológica reaccionaria se aprovecha de los contenidos culturales existentes en los diferentes territorios. Como nos dicen Steven Forti y Guillermo Fernández-Vázquez no existe una caracterización única de lo que es la extrema derecha, pero podríamos afirmar que la ofensiva reaccionaria se materializa singularmente en cada país creando un “estado de las cosas” que obedece a las singularidades políticas, religiosas e históricas propias de cada país. Así mismo la consolidación de los valores reaccionarios se estabilizan de diferente forma en las “cosas del estado”, dando por resultado un crecimiento nostálgico del sentimiento patriótico, el cual termina dando una visión colectiva capaz de ligar los servicios públicos de la sanidad y la educación no al servicio de la gente, sino al de la nación.
El nuevo paradigma reaccionario del funcionariado postula que además de mantener la eficiencia, la preparación y la integridad se debe de añadir la “lógica de sacrificio”, los funcionarios deben de trabajar y sacrificarse por la salud y la educación de la nación. Ahí tenemos el giro reaccionario que lo cambia todo.
El posicionamiento reaccionario consiste en establecer una idea de nación salvífica, nostálgicamente establecida en el pasado, no en el futuro. Así pues, las instituciones que conforman el Estado de bienestar materializadas en el propio funcionariado que las vertebran deben de estar impregnadas de valores claramente reaccionarios, y debido a nuestras particularidades territoriales de origen católico.
Como bien se sabe la lógica del sacrificio estipula que no hay virtud sin dolor y no hay salvación sin penitencia. La virtud y redención del funcionariado debe de materializarse en un trabajo abnegado al servicio de la nación, y pobre de él si pretende anteponer sus intereses salariales por encima de los nacionales.
Actualmente la derecha conservadora ocupa cotas de poder muy importantes en las diferentes comunidades autónomas, como bien es sabido esto implica que la gran parte de los servicios públicos de los que depende el bienestar de la gente están en sus manos. En un principio podríamos suponer que el PP como ocurrió en etapas anteriores se centraría en el plano clásico weberiano de la eficiencia, la preparación y la integridad funcionarial, pero no es así. El partido conservador está abrazando posicionamientos reaccionarios, bien arrastrado por la preocupación de que está perdiendo a sus futuros votantes, o bien porque se convierte en un títere de VOX a razón de la aprobación de los presupuestos autonómicos.
La sanidad y la educación se están volviendo campos de batalla culturales entre la derecha conservadora y la reaccionaria, los valores de eficiencia y de integridad se contaminan con la lógica reaccionaria del sacrificio. A los funcionarios ya no se les supone como antes la ineficiencia, disvalor que es la ideosincrasia conservadora neoliberal habitual, sino que ahora se les supone una perspectiva reaccionaria basada en la pereza absentista, la avaricia competitiva con otras comunidades autónomas y la envidia respecto a otros sectores funcionariales. Estos cambios y afirmaciones ya son manifiestos y con el actual contexto económico de inflación y de reivindicaciones legítimas de actualización salarial se mantendrán. Las estrategias políticas tratarán de situar la opinión pública en contra de las que nos curan y de las que aprenden a leer a nuestros hijos e hijas. En estos días no está en juego la actualización salarial de los profesores o la de los médicos: eso es sólo la superficie, lo que verdaderamente empieza a estar en juego son los derechos esenciales propios de la democracia. Esto es, parar la motosierra antes de que sea demasiado tarde.