
Los cuidados, contados por mujeres de Campoo: «Con 15 años me eché novio y si quería salir tenía que llevar a algún hermano conmigo»
La unión de Asamblea de Cooperación Por la Paz (ACPP) y la Asociación de Mujeres Teda ha dado como fruto diversas conversaciones para conocer la vida de las mujeres en Campoo. Especialmente, mujeres jóvenes preguntando a mujeres mayores para que den una perspectiva de cómo era su vida cuando eran niñas, adolescentes y jóvenes y cómo se han ido desarrollando y organizando hasta que han llegado a mayores, y cuáles han sido los cambios que han vivido. Con los cuidados en el centro, pasando de una sociedad eminentemente patriarcal a una donde la corresponsabilidad va ganando terreno, aunque quede mucho por hacer. Es un proyecto subvencionado por la Consejería de Universidades, Igualdad, Cultura y Deporte, a través de la Dirección de Cooperación al Desarrollo.
El Faradio ha colaborado en la elaboración de estos contenidos, donde se escuchan testimonios y reflexiones muy interesantes. Por ejemplo, el recordar cómo era la vida cuando eran pequeñas, la casa en la que vivían o cuándo comenzaron a ocuparse de tareas domésticas y de cuidados. Una de las participantes en estas conversaciones recuerda que su niñez «fue realmente buena, ya sabes, esto de que la niñez es la patria verdadera del hombre, del ser humano, pues cuando regreso a esa patria, a mis recuerdos, me dan mucha seguridad y a veces me dan las pautas también para tratar a los niños que luego han venido detrás de mí, mis hijos, mis nietos, mis vecinos».
Otra destaca que lleva 75 años viviendo en la misma casa. «Entonces cuidé de los que me criaron, cuidé de mis hijos, he cuidado de mis nietos y aquí estoy». Es la manera en que se entendía la vida y la voluntad para conseguir que las cosas siguieran funcionando, atendiendo a quien lo necesitase, sobre todo ‘a los de casa’, como se suele decir.
La vida hoy no resulta mucho más fácil que hace 60 o 70 años. El número de hijos que tienen las parejas se ha reducido, pero la conciliación no resulta más fácil, porque ahora es más habitual que trabajen los dos. «¿Quién manda a cuidarte al niño a las 6 de la mañana?», se pregunta otra de las intervinientes. El servicio de madrugadores de los centros escolares no cubren tanto, en el caso de quienes entran a trabajar en el turno de mañana de una fábrica. Al final, los que se terminan encargando de eso son los abuelos. Pero si una familia no tiene abuelos de los que tirar, se convierte en algo muy complicado.
Y después está el tema de las personas mayores. Estas mujeres rurales creen que hace falta construir más residencias, porque no hay suficientes plazas para acoger a todas las personas que lo necesitan. Pero esto se tiene que complementar con servicios de atención domiciliaria, porque no todo el mundo se quiere marchar a una residencia y con un tiempo diario de ayuda en casa se pueden apañar.
En tiempos pasados, la solidaridad entre los vecinos era fundamental. Echar una mano a los vecinos cuando les hacía falta, que ya en otro momento te ayudarían ellos. Un ejemplo de una de estas mujeres es que tenía que ayudar con los cuidados de una persona mayor que «estaba muy enfermuca. Y con la escoba nos daba en el techo y decía mi madre, nos llama la Carmen, baja. Bajaba a ver qué la pasaba. Si la pasaba algo que yo no podía hacérselo porque era una niña, subía, baja mamá que quiere que la laves o que la vistas». Ahora su nieto siempre la saluda. «No me extraña que te acuerdes de mí», contesta ella.
Se trata de una niña que tenía seis hermanos, todos chicos, y ella era la que más tenía que ayudar a su madre, que a su vez trabajaba porque con el sueldo del padre no daba para todo. Y recuerda las labores que tenía que hacer. Incluso relata que se echó novio a los 15 o 16 años «y si quería salir tenía que llevar a algún hermano conmigo».
Surge el debate entre ellas sobre la incorporación de los hombres a los cuidados hoy en día. Si se implican más, si les cuesta hacerlo o si la situación social ha ayudado a que ahora asuman que es algo que les corresponde hacer. Aunque hay diferencia de pareceres, sí que ven que las cosas han cambiado, pero no tanto como para que lo normal sea que las tareas se dividan al 50%. A algunos hombres «hay que darles caña» para que actúen, más allá de darse cuenta.
También hablan sobre sus experiencias laborales. Si había necesidad en su hogar de que trabajaran, si ejercieron algún empleo durante muchos años. Y la verdad es que hay de todo, dependiendo del dinero que entrase en su casa. Se consideraba que las mujeres debían ocuparse del hogar, salvo que el sueldo del hombre no llegase para cubrir todos los gastos necesarios.
De entre todos estos pequeños capítulos, en uno escuchamos a Tere, que vive en Matamorosa. Habla de si existen hombres voluntariosos para ayudar en el hogar, algo en lo que es bastante escéptica. Refleja que cambios ha habido, pero «nos queda pico y pala todavía».
Ella habla también de la felicidad, como uno de los conceptos que tenemos muy fijados en la sociedad. Cree que vivimos con demasiados conceptos y con muchos prejuicios también, «nos complicamos la vida», dice, y piensa que se debería poder vivir «con la mitad o la mitad de la mitad de lo que tenemos», pero lamenta que «mucha gente no lo ve así».
Ahora estas mujeres destacan lo importante que es haberse juntado en una asociación de mujeres y el tiempo que ocupan en las actividades que promueven. La posibilidad de decidir sobre su propio ocio. Tener poco tiempo libre, pero porque dedican una parte importante de su vida a estar organizadas junto a otras mujeres. La mayor parte de los días se reúnen para charlar, o «para hacer gimnasia», por ejemplo. Cuidar del propio cuerpo y de la mente.
También se refieren a las cosas que, siendo más jóvenes, no pudieron hacer. Las obligaciones domésticas y de cuidados impidieron que llevasen a cabo oficios que no estaban pensados para las mujeres de aquella época. Una piensa en las ganas que tuvo de ser policía o camionera, pero eso no entraba en los estándares sociales.
Pasar tiempo juntas les lleva a reflexionar sobre la vida que han llevado y cómo de diferente podría haber sido. Ahora han aprendido que las cosas pueden funcionar de una forma diferente, que en su casa podrían haber hecho cosas distintas y que podrían haber tenido una vida más participativa en el lugar donde han vivido.
Para eso, es necesario que funcione mejor el Estado en cuanto a las ayudas que ofrecer y aportar para que la conciliación sea más posible y más real. Creen que hay un déficit evidente, sobre todo en el mundo rural, y que debe ser una asignatura pendiente de la que encargarse a futuro.
Estas protagonistas expresan también que el recorrido de los derechos de las mujeres se puede ver cortado. No confían en ver una igualdad real y al 100% en su vida, y además expresan la posibilidad de que haya retrocesos. Cuesta mucho avanzar, y mucho menos dar pasos en la dirección contraria.
Sin embargo, ellas tienen la intención de aprovechar el momento que viven para sentirse más libres, aprovechar los ratos de ocio para hacer cosas juntas, incluido viajar a otros lugares para conocer otras culturas, pero también para defender el patrimonio de su pueblo, su municipio y su comarca.
El resumen al que llegan estas mujeres participantes del proyecto de ACPP y Arquia es que el concepto de comunidad siempre ha sido muy importante. Pero hoy se reclama menos ayuda de los vecinos, porque «se necesita menos». Quizá también da algo más de reparo pedir, pero va encadenado a la menor necesidad.
Sin embargo, hay mucho más para exigir. No solamente la necesidad de más y mejores cuidados que se citaba más arriba, sino que haya, en general, mejores servicios públicos. No tener que ir a Valdecilla, sino tener una atención sanitaria de calidad en Campoo, que haya más fisioterapeutas que atiendan a las personas mayores y dependientes. También la cuestión del transporte, algo importante para quienes ya no pueden o quieren conducir, tienen cita en un consultorio médico que no está muy cerca de su casa o necesitan desplazarse a Reinosa para hacer algún trámite. Hay opción de taxi, pero no es para cualquier bolsillo.
También dan un consejo a las mujeres jóvenes rurales de hoy en día, y es el de tener paciencia, porque puede parecer todo malo, pero en la vida también vienen las cosas buenas. Y que no se encierren en casa. Algo que varias de ellas hicieron y ya no están dispuestas a hacer. Este es el resumen con lo mejor de las conversaciones con estas mujeres de Campoo:
Y un extra. Algunas de estas mujeres pudieron hablar con Carmen Urquilla, de Ormusa, la Organización de Mujeres Salvadoreñas por la Paz. Se trata de una asociación que intenta avanzar en El Salvador en cuanto a la corresponsabilidad y que no sean las mujeres las que se tengan que hacer cargo de todos los cuidados, lo que imposibilita su incorporación al mercado laboral y a una verdadera independencia para llevar a cabo su propio proyecto vital.
En un contexto muy complicado, por la política de seguridad llevada a cabo por el Gobierno de El Salvador, las mujeres se ven como paganas, en muchas ocasiones, de las decisiones que se toman sin tener en cuenta los derechos humanos ni que una sociedad diferente es posible. Una en que las mujeres puedan trabajar, organizarse y representar a la ciudadanía de igual manera que sus compañeros masculinos. Esta es la conversación que llevaron a cabo: