OPINIÓN

Alguien tiene que ser el primero en parar

Tiempo de lectura: 4 min

Educamos todas y todos. A estas alturas deberíamos saberlo: por supuesto, se educa en las familias, y en colegios e institutos. Pero inculcar valores, que es de lo que hablamos, acaba haciéndose desde mil focos: desde esa familia amplia (abuelos, tías, primos) hasta las personas que no lo son, pero son de referencia, como vecinos o amistades de las familias, en el contacto diario o en ese contacto que no es físico, pero es real y deja poso, a través de los grupos de mensajería. Forman, aunque no lo crean ni lo quieran, los mensajes de quienes tienen a su disposición micrófonos muy amplios: deportistas, creadores, claro que los medios de comunicación, evidentemente las redes sociales en todas sus vertientes y sí, la clase política a través de sus discursos.

Así que podemos pararnos a pensar la inmensa cantidad de violencia verbal (insultos, desprecios, lenguaje de odio, deshumanización, etc…) al que estamos expuestos en cualquiera de esos espacios.

Pensamos en grupos de whatsapp en los que el insulto es la tónica, en el tono de un debate político incompatible con discursos antibullying –cuando cada cita institucional en la que hay debate, no digamos un proceso interno, concentra toda la deshumanización, generalización y atribución que caracteriza al lenguaje de odio— o en la búsqueda de destacar –e ingresar- en redes a base de la búsqueda de la emoción más primaria, pero también en las cada vez más frecuentes respuestas airadas a quienes trabajan cara al público y muchos pequeños detalles cotidianos protagonizados por adultos, en presencia de menores a los que, sí, están educando: desde una competición deportiva, de mayores o pequeños a una maniobra al volante, hasta la hermandad solitaria de los comentaristas del periódico, anónimos que si al menos fueran bots, ofrecerían la tranquilidad de no existir.

Un reportero de guerra, una ong que trabaje sobre el terreno en escenarios bélicos o de conflicto o una asociación que trabaje con víctimas de violencia de género os dirá que todo aquello empezó con una palabra, siguió con insulto, trepó distinguiendo un nosotros-ellos, escaló con una deshumanización (desde comparar a un colectivo con animales hasta la creación de motes peyorativos, de nuevas palabras que iban sonando a un lengua propio) y poco a poco fue pasando de las cosas que se dicen o se escriben a las cosas que se hacen. Desde el vacío a la agresión, sumando pasos en un camino imparable hacia la violencia que, insistimos, empezó con una palabra a la que nadie prestó atención, a la que se restó importancia, a la que se enmarcó en la tendencia general, a la que se comparó con otras palabras que otro estaba diciendo en otro sitio.

De todo eso va cuando se habla de discurso de odio, aunque hay algo peor, porque incluso entre el odio hay clases, y existen modalidades de los delitos de odio, como los que sufren las personas en exclusión económica o con discapacidad, que apenas tienen seguimiento, porque muchas veces no hay quién denuncie por ellos.

Ahora que, sea Black Mirror o Adolescence, Netflix corre el riesgo de convertirse en un canal de documentales, y, a la inversa, los crímenes reales se convierten en podcast con recursos de ficción, ahora que organizamos el odio en ‘ejércitos’ virtuales o que lo planificamos en día, hora y TT (Orwell estaría orgulloso) ahora que hemos ampliado las “cosas de críos” del acoso escolar hasta los límites del reality show, es legítimo preguntarse: ¿quién va a ser el primero en parar? Porque alguien tiene que hacerlo.

💬 Si has sido víctima o testigo de un delito de odio, puedes denunciarlo a través del formulario habilitado en la web del Ministerio del Interior: https://www.interior.gob.es


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