
Ópera con guillotinas y máscaras de gas, diálogos sin carmelitas, cantares llenos de cantares y “las chicas del coro”. Semana rara… salvo lo clásico

Fotografía: Jose Carlos NIevas
Francis Poulenc – Diálogos de Carmelitas – Sala Argenta – 27 y 29 de marzo
Sorprende ver que entre especialistas, amistades, conocidos y gente en general que vieron la ópera Diálogos de Carmelitas -representada el pasado fin de semana en dos funciones en el Palacio de Festivales- el que esta haya generado tanta controversia.
Hay ganas de entender lo que pasó por la mente del compositor y libretista francés Francis Poulenc (1899-1963) y más ganas de que alguien nos explique qué tienen que ver la pandemia de 2020 con la gripe española de 1918, las máscaras de gas y tropas nazis desfilando con Hitler en el estrado, con la Revolución Francesa y todo con un convento lleno de Carmelitas en las afueras de París entre 1779 y 1794.
¿Concatenaciones, como dice el director de la dramaturgia? Paradojas ilógicas, una redundancia que puede revelar el cúmulo de extravagancias vistas y oídas: una novelista alemana del siglo XX paseando por el escenario, lo mismo que un achacoso anciano del mismo siglo con bastón y oficio de escritor, la Cruz Roja en el siglo XVIII (incoherente), proyección de imágenes cinematográficas que interrumpen lo musical, letreros y frases que remarcan lo obvio (miedo, terror), la sangre derramada fluyendo hacia arriba… Desastre de escenografía y dramaturgia. Siendo una producción rescatada de otros teatros, ¿nadie se ha dado cuenta de que lo que lastra, confunde y hacen incomprensibles los paralelismos son estos añadidos absurdos? (Unos más: cameos de Stalin, Mussolini, Adolf Hitler y sus tropas, revolucionarios franceses gritando a cámara, toneladas de ropa amontonada antes de gasear a sus portadores… Una ‘delicia’ de espectáculo aprobado y con el visto bueno de demasiados artistas concatenados).
Todo se presagiaba desde que se levantó el telón, viéndose paredes grises por todos lados con rejas en las alturas y seis ocultas puertas laterales. Iluminación de bajo presupuesto. La orquesta Oviedo Filarmonía -lo mejor- no cabía en el foso, teniendo las principales percusiones a la vista, en dos laterales que sirvieron para conocer a sus instrumentistas de cerca (¿por qué no se pusieron los nombres de los músicos de la orquesta en el programa y poder elogiar, por ejemplo, a los/las dos invisibles arpistas?). Su director, Pedro Halfter, se esforzaba por lograr dar suavidad a los interludios esperando que no ocurrieran otras disonancias con lo que se veía en el escenario. Viéndolo disfrutar en su masterclass previa, debió sufrir con la música pregrabada de una guillotina que no iba a compás (sí, pregrabada). Cada monja desaparecía poco antes o poco después del sonido mortal: ¿cuchillas de segunda o tercera mano?
Con muchas otras cosas poco comprensibles (traducción galopante o retardada, Stalin e Hitler de nuevo en pantalla) la ópera fue ganando conforme llegaron los momentos estelares en el segundo y el tercer acto: muerte de la priora, votos de martirio de las carmelitas, monjas de paisano encarceladas, el camino al cadalso cantando la ‘Salve Regina’…
Un drama con demasiadas muertes que acabó con aplausos para todos, pero escasas ovaciones, salvo a los locales miembros de los coros Lírico de Cantabria y Joven de Santander y a un Pedro Halfter agotado tras tres horas de felicidad y martirio personal. Los catorce cantantes profesionales no destacaron por lo actoral, aunque la mezzosoprano Ana Ibarra interpretó desgarrada y con voz poderosa su papel de priora al borde de la muerte. Un esfuerzo de producción compartida por parte del Palacio de Festivales que merece menos minimalismos y más criterio escénico.

Fotografía: Oliver Look
Rias Kammerchor Berlín – Del cantar de los cantares – Sala Pereda – 28 de marzo
El 3 de febrero de 1525 nació en Palestrina -cerca de Roma- Giovanni Pierluigi da Palestrina (1525-1570), compositor renacentista de música sacra. Quinto centenario de su nacimiento que se recordó en el Palacio de Festivales con un concierto de uno de los mejores coros del panorama internacional, berlineses y multiculturales ellos: el Rias Kammerchor. Los motetes de Palestrina -a cinco voces- fueron el centro de una tarde bastante mística.
Treinta fueron los cantantes (13 hombres, 17 mujeres, con mayor presencia de sopranos y bajos) que con precisión de metrónomo germano (y diapasón británico) enfrentaron un programa bien articulado en torno al músico italiano, sus discípulos (¡Tomás Luis de Victoria!) y otros compositores del siglo XX que gustan del latín. La perfección técnica y vocal del coro daba a cada pieza ese plus de belleza y espiritualidad que los textos bíblicos tienen, no solo en latín: el tenor Joachim Buhrmann tuvo su canto solista en hebreo.
Pero hubo una figura que encandiló al público y fue el alma de la noche con su dirección coral: Justin Doyle (Lancaster, Inglaterra, 1975). Desde el atril volaba, giraba, daba pasos de baile imposibles, tejía con sus manos; sus gestos exactos anunciaban hermosuras de cada grupo de voces y fue capaz de dislocar sus extremidades en posiciones que magnetizaban. Transmitía y ¡de qué forma! La pieza final, un poema articulado a ocho voces de Jonathan Dove (1959), fue una explosión de belleza y dificultades vocales manejadas por un maestro muy danzarín y dichoso. Un prodigio de coro que vuelve el 12 de abril con La pasión según San Mateo de Bach. Cierre fácil: será “apasionante” volver a escucharlos.
Pérgamo Ensemble – La Pietà dell’Ospedale – Sala Casyc – 29 de marzo – 19:30 horas
En un lugar de la Venecia del siglo XVIII hubo ‘ospedali’ (orfanatos) que acogían huérfanas para educarlas musicalmente. La enseñanza llego a ser excelente en muchos de ellos, auténticos conservatorios femeninos; uno de ellos -gracias a la labor de Antonio Vivaldi (1678-1741)- destacó entre todos: el Ospedale della Pietà. Una época con orquestas de niñas y muchachas que recibían una formación que incluía el estudio diario, interpretación vocal e instrumental, canto a primera vista y un entrenamiento auditivo; actuaban detrás de una reja para no ser vistas. Las figlie del coro de La Pietà abarrotaban la iglesia para ser escuchadas; brillaron sus cantos angelicales y alrededor de su institución se movieron compositores que conformaron un delicioso programa que pudo disfrutarse en el LIV ciclo (sí, ¡cincuenta y cuatro!) de Músicas Religiosas de Casyc.
La velada incluyó composiciones de Johann Rosenmüller (el compositor alemán que se refugió de la justicia en Venecia), Francesco Gasparini,
Antonio Vivaldi, Antonio Caldara y Anna Bon di Venezia (compositora, cantante y alumna violista de Candida della Pietà). La pieza central fue la Sonata en cuarteto en do mayor para violín, oboe y órgano obligado (RV 779) de Vivaldi interpretada con precisión y alegría por el Pérgamon Ensemble, un grupo dirigido desde su violonchelo por Guillermo Turina. Una sonata que tenía destinatarias: “la Signora Prudenza/violino, la Signora Pellegrina/oboé; la Signora Lucietta/órgano y Signora Candida/Salmoé/se piace”. Daniel Ramírez hizo de Pellegrina, Kinga Ujszàszi de Prudenza y Eva del Campo de Lucietta. Guillermo cambió un antiguo instrumento de viento por su chelo: un arreglo que hubiera agradado a Cándida y Vivaldi.
La sorpresa de la noche no fue solo el excelente nivel del ‘ensemble’ sino la joven soprano Elionor Martínez (Barcelona, 1996) de hermoso sonido en los allegros del Regina Cueli de Gasparini (1661-1727) y -tranquila y con más confianza- en la difícil aria Astra coeli iam intonate de Anna Bon (1738-c.1767). Fuera de programa, la propina fue la maravillosa aria Domine Deus del conocido Gloria de Vivaldi. Cierre perfecto con un concertado cuarteto y una signora cantante.