Funcionarios del mundo, ¡uníos!
Hace unos días, el querido Oliverio Martínez Cepedal mencionaba, en esta misma casa, que el disvalor que los reaccionarios achacan al funcionariado ya no es la ineficiencia, sino que se ha desplazado a la pereza, la avaricia y la envidia. O sea, que son unos mamones que no la rascan, que rascan la peseta y que quieren menos rasque y más pesetas que el vecino. Pertinente y avispado, como acostumbra, el filósofo relaciona este desplazamiento discursivo con las posiciones que avanza la extrema derecha en el campo cultural que solía ser conservador. Ya no es una cuestión económica, es decir, que los funcionarios son malos si o porque son poco eficientes, sino que pasamos al ámbito de la ética: la posición funcionarial da lugar a esta serie de pecados.
Su artículo es sin duda interesante, sobre todo en el contexto de la lucha por la actualización salarial del profesorado cántabro. Esta lucha, a su vez, no se entiende sin la campaña terrible de desprestigio a los profesores de la que muchos medios con posiciones más o menos reaccionarias se hacen eco. Baste señalar al Diario Montañés, que ha abierto portadas esta temporada con un belicoso «La oferta de Educación situaría a los docentes cántabros entre los mejores pagados de España». Aquí vemos cómo se activa este marco ético y, de paso, cómo se apoya, no muysutilmente, a la Consejería. Es mentira, además, pero estamos en 2025, y quién tiene energía para desactivar cada bulo y cada inexactitud. Creo que, más allá del conflicto en concreto, Óliver plantea el fondo del problema, que son los valores y disvalores que zumban alrededor del funcionariado en los medios y redes. Así que voy a intentar, brevemente, defender esta figura.
Podemos empezar por la palabra. ‘Funcionario’ viene del latín functio-fungi, es decir, algo así como «el que cumple un deber». No un deber individual, no un deber que tenga que ver con el lucro: funcionarios son quienes cumplen deberes comunitarios. Lo podemos ver en las cosas a las que se dedican. Funcionarios son quienes enseñan a nuestras hijas o nos cuidan; también quienes atienden los jardines, administran el estado o se encargan de la seguridad. Polis, jueces, profes, carteras, tramitadores, burócratas, conductoras. Funcionarios y funcionarias, todos: quienes cumplen necesidades básicas de las sociedades. Ninguna administración, de ningún tipo, aguanta una semana de huelga funcionarial.
En muchas ocasiones estamos hablando de trabajos farragosos que sirven para sostenernos. Son trabajos desagradecidos que suponen regar un jardín, el jardín de las personas y las comunidades, cuyos frutos no serán para quienes riegan, sino para todos. En Cantabria son funcionarias unas 40.000 personas, una parte pequeña de los 270.000 trabajadores en activo. Ojalá pronto existan más, y con más dominios. Ojalá, por ejemplo, funcionarias dedicadas a gestionar ese derecho que es la vivienda de forma integral: así sabríamos que la sociedad lo toma como un derecho y no como un bien de mercado.
Muchas veces se aplica a estos servidores de todos la idea de vocación (la palabra se refiere, en origen, una llamada de un ser superior). La medicina y la docencia son ejemplos, pero también se aplica a la diplomacia o la seguridad. La idea que se encuentra bajo esta perspectiva vocacional es que los funcionarios no trabajan por dinero, sino por responsabilidad y casi por gusto: es normal que médicos o docentes se formen fuera de su jornada laboral o no desconecten de sus aplicaciones. Tienen, admitámoslo, buenas condiciones laborales: no están tan sometidos al lucro devorador como el resto, de modo que que se jodan. Esto es lo que Óliver define como «lógica del sacrificio». Se espera que los trabajadores den todo por la nación, anteponiendo los intereses de la comunidad a los suyos propios como trabajadores. Por supuesto, es una lógica perversa, que se utiliza básicamente para enzarzarnos en batallas entre iguales, o del último contra el penúltimo. Es obsceno que las consejerías cántabras de los últimos 14 años no hayan alcanzado un acuerdo salarial con sus docentes, sí, pero peor es la actitud, que ya va permeando, de que no es importante o de que los docentes son unos señoritos por exigir lo que debería ser normal: que sus nóminas suban según suben los precios.
A mí me gustaría, ay, un país de funcionarios; de trabajos con sentido social y con responsabilidad, que unan los quehaceres con la comunidad y con el propósito. Me gustaría que todo el mundo disfrutase (o sufriese poco) de trabajos así. Creo que, a pesar de lo que nos digan, la inmensa mayoría de nosotros preferimos ayudar que agredir, y desde la docencia, la medicina o la seguridad se puede hacer mucho bien. Y se hace mucho bien. Teníamos hace unos años un 16-17 por ciento de funcionarios, frente al 30 de una Noruega o una Suecia, y cualquiera al que se pregunte dirá que lo que hace falta es más gente, más prestigiada y mejor gestionada. Ojalá un país de funcionarios, sí, y qué orgullo sería. Si reducimos el estado, poco a poco se irá quedando en lo que pretenden algunos iluminados: un estado de uno, una monarquía absoluta.
¿Qué es lo primero que hacen los nuevos autoritarios? Liquidar al funcionariado, ni más ni menos. Ojo a Donald. En cierto sentido, la metáfora de la motosierra, esas que en manos de un Milei o un Abascal cortarían las ramas que sobran, nos funciona estupendamente. Porque lo que pasa cuando aplicas sabiamente una poda, delicada y tranquilamente, es que el árbol crece más bello y sano; pero cuando el apetito por la destrucción hace que te lances a cortar y a reventar el árbol la palma. El árbol es la sociedad, y es particularmente delicado. La debilitación de sus estructuras principales, que son funcionariales, solo hará que se pudra. Su fortalecimiento, acompañado del de todas las personas trabajadoras, hará que la sociedad sea mejor y más resistente.
Cuando hablo de «la sociedad», aunque tenga que usar esa palabra horrendamente manoseada, me estoy refiriendo a ti, que me lees. A tu padre. A tu hermana. A tu prima. A la de la cafetería, que se queja porque Endesa o el Santander no pagan un chavo y a ella se la fríe a impuestos. Si hablamos de fortalecer la sociedad estamos hablando de que dejemos de estar cada vez más agotados, más reventados, más desilusionados. De que incluso podamos, fijaos en la utopía, soñar con sociedades mejores.
Es evidente que a quien ya tiene poder y pasta le da exactamente igual que la escuela pública, o la sanidad, sean inhabitables. El plan de los autoritarios es claro: primero debilitaran a los funcionarios y les dejarán sin recursos, luego dirán que el estado no sirve para nada y, finalmente, que esos servicios tienen que ejercerlos sus colegas, que no son avariciosos, perezosos, envidiosos. Quienes debiéramos querer un funcionariado fuerte, con recursos y responsabilidad, somos todos los demás. Recordad que la motosierra se saca cuando se quiere arrancar el árbol, no cuando se quiere cuidar. Y apoyad a los profesores cuando vamos a la huelga. Somos el canario en una mina en la que estamos picando todos. O la mayoría.