
“Esto no se acaba”: la pila de docentes
Deberíamos estar escribiendo algo así como que una marea verde desbordó el Río de la Pila, y aún así no describiríamos la amplitud de lo que ha pasado este extraño día de entre semana de una primavera que no termina de decidirse: a primera hora no parecía un día para dejar la ropa en el tendal, a media mañana, según la protesta educativa arreciaba, sobraban los abrigos y cazadores que escondían las camisetas en defensa de la enseñanza pública.
Podríamos usar algo así como que el Río de la Pila –donde está la Consejería de Educación y que enlaza con una zona en la que debajo hubo un río de verdad y arriba, según el lustro que toque, un río de vino, que diría Saiz Viadero en sus Crónicas Secretas de Santander- se tiñó de verde. Pero es que fue más allá: ya antes del arranque de la manifestación había multitud de de arroyuelos verdes por donde mirases: desde Pedruca hasta la Glorieta, y la cuesta del Río de la Pila por donde fuera, arriba, abajo, a San Celedonio y a Aguayos.
Más de 5.000 personas y muy fácilmente 6.000 se sumaron al llamamiento de la Junta de Personal Docente, que agrupa a todos los sindicatos con representación en la enseñanza, a la manifestación, la parte más visible en la ciudad de una jornada de huelga en colegios e institutos por toda Cantabria.
La cosa va mucho más allá de una adecuación salarial (16 años sin actualizar salarios no se entenderían en ninguna otra empresa) y va mucho de situación general de la enseñanza en el día a día: la reducción de ratios –es decir, de estudiantes por aula, para que la atención pueda ser mejor-, la queja sobre la carga burocrática –aquí no hay simplificación administrativa- o el cierre de centros, con muchos mensajes de cariño y aliente al colegio castreño El Pedregal. Allí está pasando que una fundación privada con miembros del Gobierno en su patronato tenía un edificio alquilado a Educación para un colegio público y, como un casero de junio, prefiere otros inquilinos (una empresa náutica). La misma fundación tiene otro colegio, así que de paso se ha ‘cargado’ a la competencia pública, que tendrá un centro menos en Castro Urdiales.
Ensalzando como hay que hacer la capacidad de mantener el pulso de los sindicatos docentes y el alto nivel de organización acumulado, no hay que despreciar la capacidad convocante que está demostrando el consejero Sergio Silva, procedente del ramo, cuyas sucesivas declaraciones (que si el absentismo, que si los salarios, que si determinados calificativos) están causando mucho malestar no ya entre la parte sindical, sino entre el docente de a pie. –Paradójico que se esté promoviendo una ley para fomentar el respeto a la autoridad de los docentes mientras se cuestiona su capacidad de trabajo, sueldos y hasta estilo negociador-
Al igual que cuando se produjo el encierro en PeñaHerbosa, su argumentario estimuló una multitudinaria concentración, aquí la profusión dialéctica parece jugar como una llamada a seguir en la lucha. Lo mismo es un infiltrado para agitar el sector, bromeaba alguno.

Para los muy cafeteros de la memoria, la manifestación al paso del bar donde mataron a Malumbres
Para cuando lo del Río de la Pila echó a andar, quien más y quien menos ya se había localizado y saludado, aunque lo cierto es que la escena de la llamada o vídeo para ver “por dónde andas” era también frecuente, al igual que los grupos de estudiantes que se habían sumado a la protesta, que al bajar del Río llegó a pasar por el Tívoli (la antigua La Zanguina, el bar donde falangistas mataron al combativo periodista Luciano Malumbres, que a buen seguro hubiera estado bien orgullo y cubriendo la manifestación).
Por haber, hubo hasta “hola fondo norte, hola fondo sur”, porque la marcha no es que fuera hasta Peñaherbosa –el lugar del encierro que prendió esta llama y cuyos lemas, como el «no somos nueve, somos nuevemil» rescataron-, sino que seguía hasta Correos, y hubo momentos en que los del Paseo Pereda a un lado veían a los del Ensanche, al otro. Al cruzar el Paseo Pereda, un obrero de buzo les animaba a seguir más de un día, y para el final, en Correos, ya había quien hablaba de mantener el espíritu implicando a familias en una marea verde por la educación pública, porque esto nunca fue, y cada vez menos, una cosa estrictamente salarial. El «esto no se acaba» con que alguna describía la inmensa hilera valía tanto para una descripción física como en términos de lucha.
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