
Rave sobre las raíces
Crónica por Curro Gallego-Preciados.
Fotografías: Paloma Pamacor
En la cultura celta, la celebración del equinoccio de la primavera era interpretada como símbolo del renacer de la vida y del despertar de la fertilidad y la naturaleza. En muchas regiones se recibía esta fecha a través de una serie de ritos llenos de danza y cánticos que ofrecían oraciones por la prosperidad y el crecimiento, en ocasiones alrededor del fuego, como elemento purificador y simbólico que servía de catalizador místico de dichas celebraciones.
Cabe decir, que la hoguera en la que se convirtió todo aquello no se entendería sin los primeros chispazos de Casapalma, que abrieron la noche con su particular interpretación del folclore cántabro y pusieron a bailar desde el minuto uno a los allí presentes. El dúo formado por Yoel Molina e Irene Atienza lleva dando que hablar desde que aparecieran en escena hace poco más de tres años, paseando su música por la gran mayoría del territorio nacional y contando en su haber con alguna incursión en territorio internacional.
Presentaron un repertorio asentado, donde se expande el significado de la canción montañesa y que trae de vuelta el cancionero tradicional al público actual. Con un setlist plagado de tonadas y jotas calentaron el ambiente en algo más de media hora, donde cabe destacar la participación con la pandereta y las castañuelas de Aurelio Vélez, habitual colaborador del dúo afincado en Cabuérniga.

Casapalma. Fotografía: Paloma Pamacor
Era el turno del plato fuerte de la noche y ya desde el cambio de escenario se preveía que la noche iba a ser especial. Y es que el público iba posicionándose en las primeras filas, así como en la parte central de la pista dejando claras sus intenciones desde antes del inicio de los primeros beats
Baiuca venía a presentarnos Barullo, el que quizá sea su disco menos introspectivo y más orientado a la pista de baile. Para la ocasión contó con parte de la alineación habitual, entre los que se encuentran Adrián Canoura (encargado de la parte visual), el magnífico Xosé Lois Romero (percusión tradicional), Alejandra y Andrea Montero (pandereiteiras y cantareiras) y la aparición de Antía Ameixeiras (voz) en alguna de las canciones del setlist.
En las dos horas de despliegue sobre las tablas, desgranaron las canciones de este nuevo trabajo, donde emerge una vertiente más electrónica, que pudimos apreciar en algunas de las canciones que abrieron, como Sísamo, con claros tintes breakbeat. Sin embargo, a pesar de este florecimiento más electrónico o incluso pop, la seña de identidad del de Catoira permanece imborrable, con un impecable estudio y respeto por las raíces.
Y es que la música del productor gallego supuso un mantra sobre el que orbitaban las cabezas y cuerpos de los asistentes. Controlando los tiempos a la perfección, había espacio para todo, desde canciones con bpm más altos, hasta algunas referencias pasadas refugiadas en una mística más oscura, como el caso de Embruxo, canción que da nombre al segundo largo de Baiuca.
Para entonces, el público se había convertido en una masa uniforme que rozaba el trance. Absorbidos también por el buen hacer de Canoura, que ilustraba los cortes con formas orgánicas y elementos de la memorabilia gallega plagados de colores ácidos, muy contrastados y que profundizan en un marcado carácter de la cultura rave. El barullo era total, canciones como Alentejo y Navajistas hacían crecer la intensidad aún más si cabe y suponían el clímax de la noche.
Tras su marcha del escenario, el público empapado en sudor pidió los bises a lo que Baiuca contestó que era momento de cerrar la noche con unas muiñeiras, para delirio absoluto del personal.
Como colofón, hubo espacio para la nostalgia con la clásica Morriña, que despedía la noche por todo lo alto y apagaba el fuego sobre el que bailábamos, ubicándonos suavemente y devolviéndonos a todos de vuelta a la tierra.

Baiuca. Fotografía: Paloma Pamacor

Baiuca, Fotografía: Paloma Pamacor

Casapalma. Fotografía: Paloma Pamacor